“Krasny Bor. Una madre”
Amanece en el pueblo.
Las calles solitarias.
El frío que penetra hasta los huesos.
Una mujer camina
con paso tembloroso,
va vestida de negro.
Se dirige a la iglesia
esa fría mañana de febrero.
Se para ante al altar,
igual que cada año,
las lágrimas resbalan
por su rostro sereno.
Hace ya tantos años…
pero sigue rezando
cada diez de febrero
por un hijo que nunca
regresó del infierno.
Nadie enjuaga sus lágrimas.
Nadie escucha sus rezos.
Pero ella no se rinde
y sueña su regreso.
Aún guarda entre sus ropas
la carta recibida
hace ya tanto tiempo
en la que le escribían
que en Krasny Bor
su hijo era dado por muerto.
Ella sabe que en Rusia
hay españoles presos
y sueña que su hijo
puede estar entre ellos.
Son muchos los que insisten
en que ha de resignarse,
que no puede vivir
en permanente duelo.
Ella apenas escucha,
con sus ojos brillantes
cual brillan los Luceros.
Pero jamás permite
que esa triste certeza
se le clave en el pecho.
Sueña que ha de llegar
a abrazarle de nuevo,
que ha de volver de Rusia,
que ha de volver al pueblo.
Que no perdió a su hijo
aquel 10 de febrero
a pesar de que todos
se empeñan en creerlo.
En Krasny Bor, un día,
millares de españoles
encontraron la muerte
y ganaron el cielo.
Y en un pueblo de España,
igual que en tantos pueblos,
una madre pequeña,
con los ojos llorosos
y vestida de negro
abandona la iglesia
y camina en silencio.
Y en la iglesia vacía,
al pie de la Patrona
de los soldados buenos,
una vela encendida
queda como testigo
del amor más supremo.
El amor de una madre,
que a pesar de los años
que pasan sin remedio,
no se rinde jamás;
y que espera el regreso
del hijo que fue a Rusia
dispuesto a dar la vida
en pos de un mundo nuevo.
Le dicen que cayó
en Krasny Bor, en febrero,
que nunca fue posible
recuperar su cuerpo.
Y esa madre les mira
con ojos acerados,
en silencio.
“Mi hijo ha de volver.
Si no es en esta vida…
ya volveré a abrazarle
en los Luceros”.
Manuel Cabo Fueyo